La Conquista del Polo Norte


Este documentado libro recoge las principales expediciones al Polo Norte desde que Sir John Franklin desapareciera en 1845 en el Paso del Noroeste hasta 1926, cuando Amudsen, Ellsworth y Nobile, en el dirigible Norge son, probablemente, las primeras personas en ver el Polo Norte.
El libro trata de un sueño: la búsqueda del Polo Norte. Ningún otro punto de la superficie de la Tierra había despertado tanta curiosidad ni había sido objeto de un deseo tan desesperado. Sin embargo nada se encontró en él, salvo el hielo con el que los exploradores habían batallado durante años y poco se demostró, salvo la capacidad de los seres humanos para llegar a unas coordenadas que ellos mismos habían inventado. Se trata pues de una disparatada historia que no necesitaba ser descubierta, su importancia para la navegación ya era conocida y aceptada y su ubicación nunca había estado en duda.

Pero si en cierto sentido es sólo un signo convencional, en los 90º norte uno se encuentra en un punto en el que el tiempo y la dirección se extienden hasta sus límites conceptuales: en el transcurso de un año hay un solo día y una sola noche; un corto paseo abarca todos los puntos de la brújula; en el plazo de unos minutos uno cruza todos los husos horarios de la Tierra. Es lo más parecido a abandonar el planeta sin realmente abandonarlo.

El Polo Norte fue la meta más grande que el género humano se fijó a si mismo en los siglos XIX y XX y hoy en día continúa siendo el paradigma de la exploración. Desde el decenio 1920 ha sido visitado muchas veces y de diversas maneras. En 1948 una expedición al mando de Kuznetsov fue en avión al Polo y se convirtió en la primera persona en poner los piés en él de forma indiscutible. Un estadounidense, Ralph Plaisted, fue allí en trineo motorizado en 1968. Un británico Wally Herbert, fue en trineo en 1969, apoyado por suministros lanzados en paracaídas, y su expedición fue la primera en atravesar la banquisa ártica.

Hay cinco Polos Norte: el geográfico, el casquete fijo y absoluto del globo; el magnético, el que señalan nuestras brújulas y no es estacionario; el geomagnético, que centra el campo magnético de la Tierra; el de la Inaccesibilidad, el punto en el Océano Ártico más alejado de todas las tierras circundantes; y el Polo Norte Celeste, punto imaginario ubicado al norte del cielo hacia donde apunta el eje de rotación terrestre. Esto no lo sabía John Cleve Symmes, su teoría era que en los extremos de la tierra había unas entradas donde se alojaban otros mundos. En el momento de su muerte (1829) el “agujero de Symmes” había pasado ya a ser sinónimo de patraña, pero el atractivo de un agujero polar no desapareció.

Otra teoría más racional afirmaba que el Polo Norte era un mar templado. A su favor estaba el hecho de que se sabía que el hielo fluía hacia el Sur y que no había tierra en el Polo Norte porque, en caso contrario, el hielo se habría pegado a ella. John Burrow, segundo secretario del Almirantazgo británico de 1804 a 1845 creía apasionadamente en el mar polar abierto. en 1845, tres años antes de morir, envió a Sir John Franklin en busca del Paso del Noroeste. Franklin zarpó con dos de los mejores barcos rompehielos de la Armada británica. Llevaban provisiones para siete años, cubertería de plata y 1.000 ediciones encuadernadas de la revista Punch. No había ninguna probabilidad de que algo saliera mal. entró en el Ártico y ni él, ni sus barcos, ni sus 136 oficiales y marineros volvieron a ser vistos jamás. Su búsqueda empujó a futuros eploradores a buscar el Polo Norte. Amudsen, conquistador de ambos polos, todavía citaba en 1927 a Franklin como inspiración.

Un rasgo sorpredente de la exploración del Ártico en el siglo XIX es que sus instigadores y participantes se negaban a aprender las lecciones del pasado. Cualquiera podía haberse dado cuenta de que la clave para sobrevivir en el Ártico residía en adoptar la dieta y la indumentaria de los esquimales. Sin embargo, la idea de la supremacía europea seguía informando todas las expediciones. Desde 1830 se sabía que la carne fresca y las verduras tenían el escorbuto a raya y, pese a ello, las expediciones se hacian con las bodegas repletas de provisiones saladas. Todos los indicios hacían pensar que el mar Polar abierto no existía y, pese a ello, una y otra vez zarpaban expediciones para descubrirlo. Los trineos tirados por perros eran, con mucho, el medio de transporte más eficaz, así que numerosos exploradoes utilizaban grandes trineos tirados por hombres. Donde estaba demostrado que los barcos pequeños eran más eficaces, se empleaban barcos grandes y viceversa. Donde saltaba a la vista que la mejor forma de alcanzar un objetivo era viajar por tierra, en vez de ello se mandaban barcos. Y cuando se recomendaba ponerse en marcha pronto era habitual zarpar demasiado tarde. Sin embargo es fácil criticar retrospectivamente, la política, las diferencias de opinión, el paso de los años y la transmisión fatalmente lenta del conocimiento del Ártico fueron más culpables de estos fracasos que la estupidez y el empecinamiento.

Fué Nansen quien en 1888 introdujo un nuevo método de exploración en el Ártico: el método del deportista. El principio en el que se basaba el nuevo método consistía en limitar el número de participantes y seleccionar un grupo reducido y bien preparado en el cual todos vayan al mismo paso. Sería el método que emplearía Roald Amudsen para arrebatarle el Polo Sur a Scott en 1911. Nansen también dió con una dieta antiescorbútica por pura casualidad. Su éxito fue debido a una moda dietética de su tiempo, según la cual la variedad era importante para gozar de una salud excelente.

Sobre la polémica de si Peary llegó o no efectivamente al Polo Norte podemos anotar los siguientes datos:
1. Los hombres que le acompañaron en el último momento, Hensen y cuatro esquimales, no sabían hacer observaciones con un sextante. Peary hizo trece observaciones para asegurarse de su posición y describió minuciosamente la manera en que las tomó. Sin embargo no hizo ninguna observación de la longitud, porque suponía que estaba en el mismo meridiano que el cabo Columbia. En su defensa hay que decir que la longitud no tenía importancia en una carrera en pos de la altitud más elevada, pero era algo que podía medirse y debería haberse medido y que influyó en las distancias diarias que le llevaron al polo, porque, de haberse visto llevado al este o al oeste, la desviación le habría colocado varios kilómetros al sur.
2. Partieron al norte en la mañana del 2 de abril de 1909 y, de forma inexplicable, cobraron velocidad. Más de cuarenta y ocho kilómetros diarios era una velocidad increible, aunque el hielo hubiera estado tan liso como una torta. Peary reconoció en su diario que el hielo se movía y, si el hielo se movía -como es frecuente-, entoces su presión formaría crestas, como muestra la moderna fotografía en la región que Peary afrimó haber recorrido.

Si uno acepta que no hubo deriva hacia el sur durante aquellos cuatro días y que puede que la deriva fuera hacia el norte; si uno acepta que no hubo deriva longitudinal tampoco; si uno acepta que no encontró crestas formadas por la presión en su avance en línea recta hacia el polo y, si uno acepta sus observaciones de la latitud, entoces y sólo entonces, podría Peary haber hecho lo que hizo. Es imposible, no obstante, aceptar lo que Peary hizo a continuación. En cincuenta y seis horas habian atravesado unos doscientos quince kilómetros de hielo polar lleno de grietas que habían tardado cuatro días en cruzar cuando se dirigían al norte.

Peary quizá no había estado en la cima del mundo, pero poco le había faltado para conseguirlo. De haber hecho aquellos kilómetros extras, ¿qué hubiera probado? Que podía leer un sextante un poquito más al norte. No hay nada que diferencie fisicamente el polo de sus alrededores: ningún palo, ninguna piedra, ninguna cumbre, ninguna tierra, ningún tesoro escondido, ninguna raza de seres extraños. No hay nada que encontrar excepto el límite de la propia capacidad de aguante y una prueba de tus habilidades náuticas. eso lo sabemos ahora y, de acuerdo con estos criterios, Peary tiene mercida su fama.

Fergus Fleming nació en Gran Bretaña en 1959, estudió en Oxford y en la City University de Londres. Durante seis años trabajó como redactor para Time-Life-Books, hasta que en 1991 comenzó una exitosa carrera como autor de reportajes y libros sobre grandes expediciones. Ha publicado, entre otras obras, Killing Dragons. The conquets of the Alps, Cassell’s tales of endurance y Barrow y sus hombres.

Enlaces: El Cultural, Montañismo y Exploración, La Conquista del Polo Norte

Título: La Conquista del Polo Norte
Título original: Ninety degrees North. The Quest for the North Pole
Autor: Fleming, Fergus
Traducción: Jordi Beltrán Ferrer
Tusquets Editores S. A.
Colección : Tiempo de Memoria 63
1ª edición: abril de 2007
Barcelona
ISBN: 978-84-8310-394-4
512 Páginas

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